¿Y si una de las claves para tener una buena relación de pareja fuera aprender a tratar a nuestra pareja como tratamos a nuestros amigos?
Puede parecer una pregunta extraña. Con nuestra pareja queremos mucho más que amistad: queremos intimidad, deseo, compañía, compromiso, proyectos compartidos y, muchas veces, sentir que somos una prioridad para el otro.
Pero precisamente porque esperamos tanto de la pareja, a veces ocurre algo curioso: con nuestros amigos somos adultos y con nuestra pareja nos convertimos en niños demandantes, inseguros y caprichosos.
Con un amigo podemos comprender que hoy no tenga tiempo para nosotros. Podemos aceptar que tenga otros planes, que necesite estar solo, que esté preocupado por su trabajo o que quiera pasar el fin de semana con otras personas. No pensamos inmediatamente: “Ya no le importo”, “prefiere a los demás” o “si me quisiera de verdad, estaría conmigo”.
Sin embargo, cuando se trata de nuestra pareja, podemos reaccionar de una manera muy diferente. Queremos que esté. Que nos cuide. Que nos priorice. Que adivine lo que necesitamos. Que nos tranquilice cuando sentimos inseguridad. Que nos confirme constantemente que nos quiere. Y cuando no lo hace, podemos enfadarnos, reclamar, exigir, enfriarnos o alejarnos.
Cuando nuestra pareja deja de ser nuestro compañero y se convierte en nuestro “padre” o nuestra “madre”
Hay personas que, cuando entran en una relación de pareja, empiezan a exigir al otro unos niveles de atención y disponibilidad que jamás exigirían a un amigo.
Con los amigos pueden ser generosas. Saben esperar. Saben negociar. Saben comprender. Saben que una amistad no significa estar disponible las 24 horas del día. Pero con su pareja parece aparecer otra lógica: “Si me quieres, deberías darte cuenta.” “Si soy importante para ti, deberías elegirme.” “Si me quisieras de verdad, querrías estar conmigo.” “Necesito que estés conmigo para sentirme tranquilo.”
En esos momentos, la pareja puede dejar de ser percibida como un compañero adulto con sus propias necesidades y convertirse, sin darnos cuenta, en una figura parental encargada de calmarnos, cuidarnos y demostrarnos constantemente su amor.
Y cuanto más exige uno, más se distancia el otro. Cuanto más se distancia el otro, más inseguro se siente uno. Y cuanto más inseguro se siente, más exige. Así comienza uno de los círculos más frecuentes en los problemas de pareja.
Con nuestros amigos sabemos algo que a veces olvidamos con nuestra pareja
Sabemos que querer a alguien no significa estar permanentemente disponible para esa persona. Un amigo puede decir: “Hoy no puedo quedar, tengo un día horrible.” Y podemos responder: No pasa nada. Cuando puedas, hablamos.”
No interpretamos necesariamente su ausencia como rechazo. Podemos querer a nuestros amigos profundamente y, al mismo tiempo, permitirles tener una vida propia. Podemos aceptar sus prioridades. Podemos comprender sus limitaciones. Podemos alegrarnos de que estén bien, aunque no sea con nosotros. En definitiva, podemos querer sin poseer.
Y esto tiene mucho que ver con el apego seguro. Una persona con un vínculo seguro puede sentir que el otro no está disponible en un momento determinado sin concluir que ha dejado de quererla. Puede echar de menos sin entrar necesariamente en angustia. Puede pedir sin exigir. Puede necesitar sin convertirse en dependiente. Puede estar cerca y también permitir distancia.
El amor necesita amistad
Antonio Gala expresó esta idea de una manera preciosa: “El amor perfecto es amistad con momentos eróticos.”
Ser amigos significa disfrutar del otro. Tener curiosidad por lo que le ocurre. Reírnos juntos. Respetarnos. Confiar. Cuidarnos. Poder hablar. Saber que el otro está de nuestro lado. Disfrutar de su compañía sin necesidad de estar haciendo algo extraordinario.
Y, sobre todo, sentir que estamos con alguien que nos conoce y nos acepta, no con alguien al que tenemos que convencer continuamente de que nos quiera.
Por supuesto, una pareja es más que una amistad. Hay deseo, erotismo, intimidad, compromiso y una dimensión de proyecto compartido que no necesariamente existe en una amistad.
Por eso me gusta pensar en la pareja como “más que amigos”.
Más que amigos
Hay una canción de Matisse que se titula Más que amigos. La expresión me parece una metáfora preciosa para hablar de lo que puede llegar a ser una relación de pareja saludable. Porque quizá no se trata de convertirnos literalmente en amigos de nuestra pareja.
Se trata de ser más que amigos: amigos que se desean, amigos que se cuidan, amigos que se eligen, amigos que se respetan, amigos que pueden decirse la verdad, amigos que saben que el otro tiene su propia vida, amigos que pueden estar juntos sin perderse a sí mismos. Y también los mejores amantes.
¿Qué pasaría si tratásemos a nuestra pareja como tratamos a nuestro mejor amigo?
Imagina por un momento que tu pareja llega a casa y te dice: “Hoy necesito estar solo.” ¿Qué aparece en ti? ¿Comprensión? ¿Curiosidad? ¿Miedo? ¿Enfado? ¿La sensación de que ya no te quiere?
Ahora imagina que exactamente lo mismo te lo dice tu mejor amigo. Probablemente la interpretación sería diferente. Quizá pensarías: “Debe estar teniendo un mal día.” “Cuando esté mejor, hablaremos.” “Le doy su espacio.”
¿Por qué podemos conceder esa libertad a un amigo y nos cuesta tanto concedérsela a nuestra pareja?
Una pregunta todavía más cautivadora sería: ¿Qué necesitarías sentir dentro de ti para poder darle ese mismo espacio a tu pareja sin sentir que estás perdiendo su amor?
Ahí aparece una parte importante del trabajo en terapia de pareja.
La seguridad no consiste en necesitar menos al otro
A veces confundimos apego seguro con independencia absoluta. Como si una persona segura fuera aquella que no necesita nada de nadie. No es así.
El apego seguro permite necesitar al otro sin convertir esa necesidad en una exigencia permanente.
Puedo decir: “Te necesito.” Sin decir: “Por tanto, tienes que estar disponible para mí.”
Puedo decir: “Me gustaría que estuvieras conmigo.” sin convertirlo en: “Si no vienes, significa que no me quieres.”
Puedo pedir cariño. Puedo pedir atención. Puedo expresar mis miedos. Puedo pedir que me abraces. Pero puedo hacerlo desde la vulnerabilidad y no desde el control y desde la exigencia y la certeza de que todo lo que pida se me va a dar. Esta diferencia puede transformar completamente una relación.
Ser generosos con nuestras parejas
Cuando somos amigos de alguien, solemos tener una mirada más generosa. No esperamos que sea perfecto. No interpretamos cada gesto como una amenaza. No llevamos una contabilidad permanente de quién ha dado más. No pensamos: “Yo hice esto por ti el martes, así que ahora te toca a ti.”
Sin embargo, en algunas parejas aparece una especie de contabilidad emocional: “Yo hice…” “Yo cedí…” “Yo fui…” “Yo siempre…” “Y tú nunca…” Cuando la relación entra en esta dinámica, dejamos de preguntarnos “¿qué podemos hacer para que estemos mejor?” y empezamos a preguntarnos “¿quién tiene razón?”.
Una pareja puede ganar muchas discusiones y perder la relación.
Más que amigos: una nueva manera de mirar a tu pareja
Quizá la pregunta no sea: “¿Me está dando mi pareja todo lo que necesito?” Es importante aprender a cuestionarnos y preguntarnos: “¿Qué tipo de pareja estoy siendo yo?” ¿Estoy siendo generoso? ¿Sé escuchar? ¿Puedo aceptar que mi pareja tenga necesidades diferentes a las mías? ¿Puedo respetar su espacio sin vivirlo como abandono? ¿Puedo expresar lo que necesito sin exigir? ¿Puedo reconocer sus esfuerzos? ¿Puedo alegrarme de que disfrute aunque no sea conmigo? ¿Seguimos siendo un equipo? ¿Nos seguimos divirtiendo juntos? ¿Existe ternura además de conflicto? ¿Hay deseo, pero también amistad? Estas preguntas pueden abrir conversaciones mucho más cautivadoras que discutir quién empezó la última pelea.
Cuando la pareja necesita recuperar la amistad
En muchas relaciones que llegan a terapia de pareja, el problema no es que haya dejado de existir amor. A veces todavía hay amor, pero se ha perdido algo que lo sostenía: la complicidad. La curiosidad. La admiración. El humor. La generosidad. La sensación de estar del mismo lado. La capacidad de disfrutar juntos. La amistad.
Y cuando una pareja recupera esa dimensión, puede empezar a cambiar también la manera en que afronta los conflictos. No significa evitar las diferencias. No significa aceptar comportamientos dañinos. No significa renunciar a poner límites. Y tampoco significa convertirse en una pareja que nunca discute. Significa algo mucho más realista: aprender a discutir sin dejar de sentir que el otro es nuestro aliado y que seguimos formando un equipo. Un equipo que necesita evolucionar y reajustarse para poder seguir juntos. Y de esto trata la terapia de pareja, de aprender nuestras estrategias de relación y comunicación.
¿Y si fuéramos más que amigos?
Quizá una buena relación de pareja no consiste en encontrar a alguien que satisfaga todas nuestras necesidades. Quizá consiste en encontrar —y construir— un vínculo en el que dos personas puedan sentirse queridas, libres y acompañadas al mismo tiempo.
Una relación donde podamos decir: “Te necesito, pero no necesito controlarte.” “Te quiero cerca, pero puedo respetar tu espacio.” “Me importas, pero no quiero que dejes de ser tú para demostrarme que me quieres.” “Somos pareja, pero también somos amigos.”
Porque cuando somos amigos de nuestra pareja, podemos ser más generosos. Cuando confiamos, podemos exigir menos. Cuando nos sentimos seguros, podemos pedir mejor. Cuando dejamos de luchar por quién tiene razón, podemos empezar a preguntarnos qué necesita la relación.
Y quizá ahí esté una de las claves: no aspirar solamente a ser pareja. Aspirar a ser más que amigos. Amantes, compañeros, confidentes, cómplices y, sobre todo, dos personas adultas que se eligen sin dejar de ser libres.
¿Tu relación de pareja se ha convertido en una lucha constante?
Si sentís que os queréis, pero cada vez os resulta más difícil entenderos, si las discusiones se repiten, hay distancia emocional, celos, desconfianza, dificultades para comunicaros o simplemente sentís que habéis perdido la conexión, la terapia de pareja puede ayudaros a comprender qué está ocurriendo y a construir una manera diferente de relacionaros.
En terapia de pareja no se trata de decidir quién tiene razón, sino de comprender la dinámica en la que habéis quedado atrapados y encontrar nuevas formas de escucharos, cuidaros y relacionaros.
Si estás buscando terapia de pareja en Madrid, puedes contactar conmigo para valorar vuestro caso y ver cómo puedo acompañaros.







